Hay que ser valientes
Por mucho y bien que se conozca el problema y por mucha que sea la inteligencia de quien haya de resolverlo, nada se adelantará si no se hace lo necesario para solucionar lo que no está bien y que produce fallos importantes. Hay que dar los pasos adecuados para arreglar lo que esté mal y para ello hay que ser valiente; tener deseos de enfrentarse al problema aún a sabiendas que aparecerán dificultades importantes y hasta juicios que atacarán las decisiones que se vayan tomando. Habrá dificultades, dudas y ataques que exigirán defender la verdad que se ama con inteligencia, constancia, tesón y valentía.
En todo momento hay que dar respuesta exacta a esas dudas y ataques sin necesidad de alborotos, en ningún caso, sino con la exposición razonada y justa de los argumentos en que se basa la verdad que se defiende; la verdad en la que se fundamenta el sentido de la vida que tiene su razón de ser en el amor a toda clase de gente, en la defensa de los que sufren, en la ayuda a los que padecen persecución y a todos cuantos tienen mermada la libertad a la que tienen derecho por el simple hecho de su condición humana. Esa respuesta a dar es una obligación que no debe ser descuidada porque sería una tremenda cobardía.
Se caricaturiza, no pocas veces, esa llamada personal que se hace a la conciencia humana. Se suele decir de ella que predica lo que no practica y hay que hacer ver que eso es un error. Hay que mostrar con valentía la verdad de lo que se lleva en el alma y cómo se traduce en obras de todo tipo. La idea de que la religión sólo tiene como lugar de acción el templo es sumamente errónea. Toda manifestación de vida es una muestra de lo que se tiene en el alma.
Siempre, y especialmente en ocasiones en las que se producen ataques a los derechos que se sustentan en preceptos morales, se ha de hacer ver la disconformidad con tales actuaciones. En la forma adecuada de comportarse personalmente; y en la actuación en todos los foros existentes en la sociedad se ha de mostrar rechazo a lo que es una limitación importante de la libertad. No es admisible, bajo ningún concepto, que se limiten esos derechos fundamentales.
Es una valentía sin fanfarronería, pero con firmeza. Es una valentía amable para con todo el mundo, segura de sí misma porque responde a la verdad que hace libres a los hombres; la verdad del amor para con todo el mundo, la verdad del afán de servir para que a nadie le avasalle la injusticia, la verdad que llena el alma de esa especial riqueza que es la paz.
No debe faltar la voz de la verdad allí donde se la intenta atacar. Tanto por la expresión oral como por los hechos personales, el hombre que confiesa amar a Dios ha de hacer ver, con todo cariño y delicadeza en las formas, que esos ataques están fuera de lugar.
Con valentía y firmeza, exenta de jactancia, se hace necesario defender, en todo momento y ocasión, el derecho a proclamar y defender la verdad que lleva la paz a todas las almas.
M. H.