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Chiste
de Maro

Ahí lo tienen
¿Ven como no es mala gente como dice De Bernardo y Pedemonte? Bueno, no dicen que López Gil sea mala gente, pero no le dejan pasar ni una al chiquillo y todo lo que propone se encuentra con el no de los que gobiernan. Pero no es mala gente, prueba de ello es que se ha partido el coco para hacer un edificio administrativo donde se pongan todas las dependencias municipales y luego se lo ha ofrecido al Gobierno PA-PP que está queriendo hacer otro pero no salen de los anuncios en la prensa, que es el deporte nacional de los políticos. Y además dice hasta cómo se puede pagar.

¿Y lo van a aceptar?
Ni de coña. Lagarto, lagarto. Les daría hurticaria. Irían contra corriente. Dirán que ellos ya tienen otro y no darán ni las gracias. Porque de lo que se ha olvidado López Gil -o no- es de que en La Isla todo tiene que salir del Gobierno local y lo que no se les ocurra a ellos no vale. Eso es lo que pasa con Fadricas y la entrada de la Junta, que si fuera así y la Junta levantara un complejo, el Gobierno local no podría ponerse las medallas. Y es que en La Isla y sobre todo en los políticos con tan pocas miras que tenemos y que no nos merecemos, lo que priman son las medallas. Ya saben, demasiada tradición.

Una alegoría

Paco F. Frías

La mayoría de los ciudadanos, que se despreocupan de la política, lo hacen porque valoran poco la importancia de los actos cotidianos, las condiciones personales del político o lo que ofrece el circuito del poder. Decía el clásico, que la política es el arte del bien hacer que busca la felicidad de los gobernados. Pero esto de la felicidad hay que entenderlo como algo que trasciende lo meramente placentero o inmediatamente gratificante. Tan alto cometido, que muchas veces se define en forma negativa como acabo de hacerlo, es encomendado a personas de la más variada condición. Los políticos no son héroes ni están dotados, salvo excepciones, de unas condiciones especiales, pero están dentro del circuito del poder, que ofrece unas dimensiones insospechadas a sus pequeñas acciones. Los liderazgos y las responsabilidades de organización, autoridad y mando no son abstracciones y tienen que estar asumidas por distintas personas, porque resulta esencial para la marcha de la organización social. Pero no puedo remediar, cuando veo nuestro panorama y otros escenarios, recordar con mucha frecuencia esa alegoría semita en la que los árboles del bosque buscan un rey, y le preguntan al olivo a la higuera y a la vid, y los tres responden de la misma forma, diciendo que cómo se iban a dedicar a tal cosa y privar a los grandes de se sus ungüentos, mostos y frutos sabrosos. Pero los árboles en su empeño terminan proponiendo la realeza a la zarza, que no dudó un instante en apropiarse de tal proposición. La zarza encumbrada por la voluntad general les dice: salga fuego de la zarza y queme todos los árboles del bosque, si no se acepta mi realeza. Dos mil quinientos años de historia y estas cosas del poder no han cambiado mucho, aunque estemos en el sesenta aniversario de la Declaración de los Derechos Humanos.
Mi pincelada de decepción no es impedimento para seguir en el debate de las ideas y en la pequeña aportación cotidiana que me corresponde como ciudadano, incluso después de esas declaraciones del rey sobre el actual presidente del gobierno. Temblemos cuando un rey pierde la prudencia, y en ese caso se puso de manifiesto que el monarca necesita unos días de retiro y meditación para recuperar la sindéresis. Pero no quería ir por esos derroteros más allá de lo suficiente para dar razón del tono anarco-pesimista al hilo de lo anterior, porque no se podrá negar que la metáfora anterior le vendría de perlas a un anarquista para su panfleto revolucionario.
El circuito del poder es como un gran acelerador de partículas, que convierte los actos cotidianos, los gestos insignificantes, las actitudes, los tonos anímicos en una auténtica eclosión de efectos poco predecibles. Nuestros políticos, casi sin excepción, están como niños pequeños ante un videojuego que van activando y pulsan botones sin saber para que sirven, pero quedan fascinados por sus efectos y se creen genios o superhéroes. No me creo que en este momento los políticos españoles tengan un plan coherente para la nación, que diese a sus actos una línea con sentido. Estos tíos, simplemente, están instalados en sus latisueldos, dietas y prebendas, fascinados por el vértigo del poder y encantados de haberse conocido cuando se levantan todos los días por la mañana. Las opiniones raquíticas de un ministro, dentro del circuito del poder, pueden producir la espantada de muchos inversores, como así ha sucedido. La zafiedad de otro ministro puede mantener inoperante durante meses la justicia, creando un verdadero caos de repercusiones trágicas para muchas personas, y así sucesivamente. Ebrios de gestos vacíos en unos casos, y extravagantes en otros, alguno elevó el orgasmo a categoría política, ofreciendo una premonición de lo que está por venir: fastidiados pero contentos. Ustedes me entienden.
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