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de Maro

Úrsula tiene novio

Un novio deportista y cachas, como le gustan los hombres a ella, tan confiada y enamorada que no se quiere creer que cuando va a la playa a hacer kite surf, sobre las olas, con su tabla y su cometa, coquetea con cualquiera que se acerque a mirarlos ejecutar sus piruetas, y que bromea con sus amigos, a carcajada batiente, sobre su frialdad y sosería.
Por lo demás, él no tiene ni nombre, ni ocupación que le dé para comer, ni coche, ni futuro, ni objetivos, sólo tiene cuerpo moreno, traje de neopreno y moto desvencijada y pedorrera.
Úrsula se ha pasado todo el otoño y el invierno clavando los codos sobre la mesa de estudio, porque era el último curso de Medicina y lo quería acabar de bien, como los otros cinco anteriores. Por eso no salía apenas y ya de por sí blanca, medio empelirrojada y azulones los iris, está como muñeca empalidecida y nueva, medio temblorosa de la mano del que considera su héroe.
Cuando empezó a tontear con ella sólo la vio como una caza más, una muesca –como le gusta llamarla ante los amigos– más en su revolver bien engrasado. Pero Úrsula, con su inteligencia, con esa familia tan bien, lo entretuvo hasta pensárselo más de dos veces y más de tres, hasta que se consolidó una relación por la que nadie apostaba nada y en la que fue decisivo el enfado del suegro, profesor de la universidad, ante el mal gusto de su niña en escoger tamaño engendro para ser su pareja.
Úrsula, que en un principio no estaba segura de nada, porque en el amor y sobre todo en los ligues siempre ha ido cien pasos por detrás de sus amigas, le gustaron las caras de bobas que se les quedaron a todas cuando la vieron con él, enganchada a su cadera y su cuello como si fuera su segunda piel.
–¡¡¡¡Mira la pavisosa ésta cómo se las despacha ahora!!!!!–, fue lo que leyó en sus pupilas envidiosas y en sus bocas cerradas.
Y más tarde, el enfado se su padre, las lágrimas de su madre y su obstinación nunca conocida hasta entonces, ni tan siquiera por ella misma, que nació dócil y sumisa a todo, fueron piezas esenciales para culminar esta aventura que seguía años más tarde con entradas a inciertas horas en su mensajería electrónica, para ver quién la había llamado y para qué, cerrándole contactos con amigos y profesores, a los que les pedía trabajos, citas bibliográficas u horas de laboratorio, y que después, en los pasillos, ni la miraban, para sorpresa de ella, que no sabía que el del traje de neopreno, haciéndose pasar por ella, los insultaba y exigía que no la volviesen a molestar.
Sólo una amiga de entre todas, la que era más íntima desde primaria, se acercó un día a ella y se lo dijo, contándole todas las fechorías.
–Sé que no me vas a creer porque a mí mi novio me pegaba y yo le defendía, decía que lo hacía porque me quería y sólo me quería para él y, al principio, hasta me gustaba que fuera tan celoso.
Y eso le dio que pensar a Úrsula, que a lista no la ganaba nadie, y concluyó que era verdad, que a ella también le gustó la primera vez que lo vio encelado, y la siguiente cuando se puso receloso y enfadado porque había ido a tomar café con un compañero de la facultad; pero entonces, sin saber por qué , se acordó de la chica aquella que cuando el novio la acosaba demasiado y quiso dejarlo, la mató como a un perro.
Y lo fue a buscar a la playa en el coche que su padre le había regalado cuando paso el ecuador de la carrera con las mejores notas de su promoción, y lo vio, después de mucho buscarlo, tumbado en un costado de la playa, al amparo de la balaustrada, con una morena presa entre los brazos, metiéndole mano bajo el bañador como si le fuera la vida en ello.
Y entonces sonrió, se rió y soltó su melena pelienrrojecida al viento de Poniente que la libraba de una patán y un embustero, de un melenas lacias y un niño de preescolar.
a. i. e.

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