Pasar desapercibido
Santiago Gallego
Sga3@telefonica.net
La noticia de la semana ha sido, desgraciadamente, el accidente de Barajas. Vaya por delante un tiempo de silencio por los que se han ido y por sus familias.
Pero sírvanos para mostrar un fenómeno moderno y desgraciado. Un periódico nacional de gran prestigio intelectual en las últimas décadas dedicó el pasado viernes un total de 17 páginas al accidente. De ellas, aproximadamente cuatro o cinco recogían información sobre los hechos acaecidos; el viejo qué, cuándo, cómo y por qué. ¿Y las restantes doce páginas? Estaban dedicadas a lo que, falsamente, se llama hoy en día el lado humano de la noticia.
¿Es información? Nadie necesita leer nada para saber o intuir los sentimientos del que ha perdido a alguien cercano. Para saber y entender esos sentimientos hay tratados de psicología y toda la literatura universal que, en esencia trata de eso, de los sentimientos de las personas ante los azares de la vida.
No es información. Uno no puede evitar sentir una cierta sensación de rechazo ante la mayor parte del tiempo que han dedicado las televisiones o los periódicos al accidente. Creo que nos encontramos ante el mismo fenómeno que los programas del corazón. Una obscena exposición de los sentimientos que parece una característica de nuestro tiempo. Una obscenidad que produce rechazo.
No es un problema social o cultural. Recientemente se ha publicado un libro titulado El caso Medina Sidonia sobre la familia de la recientemente fallecida duquesa. Aproximadamente un tercio del libro es una muy interesante historia de la familia desde sus inicios allá por el siglo XIII. También se incluye una sorprendente elucubración del autor sobre lo que significa ser aristócrata que no acabé de entender.
Pero el núcleo del libro es una obscena vomitona de los sentimientos de los hijos hacia su madre. Uno de los hijos, a modo de excusa, citaba la famosa película sobre los Panero olvidando que su nivel cultural está muy por encima del de los hijos de la Medina Sidonia. El más señor es el difunto ex duque consorte que “manda decir al libro que no se moleste; que no quiero; que no tengo nada que ver con esa casa; que ya se pasó y se pasó”.
El resto es una pública demostración de los trapos sucios de una familia; esos que, antaño, se limpiaban y ventilaban en privado. ¿Lo han hecho por dinero? No creo.
Andy Warhol, en un tiempo muy anterior a internet, decía que cualquiera podía tener sus cinco minutos de celebridad. Y ahora se ha pasado a una obsesiva búsqueda de esa celebridad aún a costa de mostrar en público las vergüenzas. No se busca el dinero, ni siquiera la venganza. Solamente ser famoso lo que dure serlo.
Y esa es la cultura dominante. Por eso no se siente vergüenza en preguntar lo que se pregunta a las víctimas y a sus familias, y no se siente vergüenza en responder a las preguntas, ni se siente vergüenza en dedicar tanto espacio a esa manifestación de sentimientos que, antes, se mantenían en el ámbito privado. ¿No cuentan la anécdota de aquel reportero que obsesionado por obtener un testimonio de las víctimas de un accidente no se dio cuenta que estaba preguntando a un cadáver?
El otro día coincidí en una cena con una persona mayor y querida. Con unos ochenta años ha tenido una vida plena y de éxito; en lo profesional y en lo personal y vive cercano a sus seis hijos y muchos nietos. Una vida de la que sentirse orgulloso. Pero, no sé a cuento de qué, me dijo una frase que recuerdo de mi padre: “yo, toda la vida, he tratado de pasar desapercibido”.
Curioso objetivo vital e inconcebible en los tiempos que corren.
No se trata de decir que cualquier tiempo pasado fue mejor. Probablemente en esa generación pesaron los crímenes y desmanes gratuitos que hicieron ambos lados de la guerra civil española. Pero entre el desafuero de conseguir celebridad utilizando sentimientos de naturaleza intrínsecamente privados y el sereno objetivo de pasar desapercibido hay una distancia que conviene transitar en la dirección adecuada.