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de Maro

Otra nueva víctima de la absurda violencia machista

La violencia machista se ha vuelto a cobrar una nueva víctima inocente, en este caso en Jerez. El antiguo novio de una mujer de 66 años, con la que había roto su relación recientemente por decisión de ella y que tenía una orden de alejamiento de la casa de la víctima, la mató ayer a navajazos en el interior de su vivienda en el Pago de San José. Y como en tantos otros casos similares, de nada ha servido la denuncia previa ante un juzgado, como de nada servirá lo que intente justificar el presunto agresor, al final una mujer ha fallecido porque en esta sociedad sigue habiendo demasiados hombres que creen que están por encima de ellas y que pueden quitarles la vida por el simple hecho de que alguien quiera acabar una relación sentimental.
Y lo peor de este caso, como el de tantos otros, es que al final ya no caben palabras de condena, sólo queda la indignación popular y el dolor de una familia que ha visto cómo se truncaba la vida de una mujer que sólo quería vivir y acabar con una relación con la que no estaba satisfecha. Pero la sinrazón de muchos hombres, la ineficacia judicial en demasiados casos y, especialmente, la falta de medios materiales para conseguir acabar con esta lacra han ayudado a que ahora hay otra víctima más en el tanatorio.
Por eso, está claro que por mucha ley que se haga o por mucha voluntad política que exista, nadie es capaz de acabar con este problema y no hay una semana en la que en algún lugar de España un hombre decida acabar con la vida de una mujer simplemente porque no se quiere atener a sus deseos. Ya no basta con tener voluntad, hay que empezar a pensar en nuevas medidas --y la fundamental, y que no se hace como se debiera, es la educación-- que ayuden realmente a poner fin a esta situación. Y en este sentido, debe haber una mayor implicación de todos los organismos afectados, desde el político al judicial, pasando por las fuerzas de seguridad. Pero una implicación real, no sólo de buena voluntad, sino con los medios necesarios para que cada parte pueda cumplir con su labor de una forma efectiva. Y si hay que invertir, habrá que hacerlo, tenga el coste que tenga, ya que no se puede permitir que la violencia machista sea la constante en la que se ha convertido en este país.

La locura de la dictadura birmana

Si ya cuando los monjes birmanos se manifestaron hace unos meses contra el sinsentido y la opresión de la dictura militar birmana quedó clara la extraña y preocupante situación de este país, los devastadores efectos del ciclón ‘Nargis’, que ha causado la muerte a 22.500 personas aunque esta cifra podría ascender a casi 100.000, ha vuelto a poner en evidencia no sólo a este régimen dictatorial, sino a la propia comunidad internacional, que nunca ha hecho nada por frenar una situación que ya era insostenible para sus habitantes ante de esta catástrofe natural. La negativa a dejar entrar la ayuda humanitaria, las denuncias de que los propios militares se quedan con los envíos de la ONU o la idea de votar su nueva Constitución cuando más de medio país está anegado por las aguas y con una clara falta de medios para poder siquiera sobrevivir son motivos suficientes para que se tomen medidas internacionales más drásticas que la simple denuncia o la indignación mundial. No se trata de injerir en un Estado soberano, sino el de no permitir que unos militares corruptos puedan acabar con total impunidad con toda una población por el simple hecho de querer enriquecerse.

     
 
     
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