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Las humildades fingidas

El vocablo humildad tiene dos acepciones bien definidas, una es la condición de inferioridad económica, cultural o social de un individuo con respecto a los ambientes establecidos y en los que vive, y la otra, no creerse más que otros mortales, siendo una criatura humana, que debe estar exenta de soberbia e engreimientos, aunque tenga méritos personales. Pero ahora voy a tratar de las humildades fingidas, de esas que se exteriorizan, pero no se sienten, ya que hay muchos pájaros de cuenta que se han situado en esos posicionamientos para sacar las mejores tajadas.
Yo opino que Dios no quiere que se esté todos los días rezando rutinariamente reconociéndole como Padre Misericordioso y Omnipotente, porque ya lo sabe, y no necesita pleitesía de ninguno de sus hijos, reconocimientos que sí los necesitamos, de cualquier forma que fuese, los humanos, porque somos vanidosos y prepotentes.
Dios lo que desea es que los hombres y mujeres cumplan con sus Mandamientos, siendo así buenos cristianos en el sentido más amplio de la palabra. Estar continuamente alabándole rutinariamente, sería cosa parecida a la de unos hijos que le dijesen a su padre todos los días: “Papá eres el mejor de los padres, eres un ser excelente, cariñoso, proteges a tus hijos y les enseñas cuál es el mejor camino a seguir”, y después de todas esas alabanzas en situación de obediencia y acatamiento, cuando el hijo sale a la calle en esos fines de semana del botellón o en otras circunstancias de diversiones y juergas, se comporta de una manera muy diferente, no honrado a su padre ni a su madre, lo que debía de hacer según uno de los mandamientos de la Ley de Dios.
¿Para qué quiere ese padre la sumisión de sus hijos y los reconocimientos que le hacen durante un rato en una continuidad irresponsable cuando después en su vida particular llevan un comportamiento bastante censurable? Mejor sería para ese hijo que su padre supiese que se comporta con arreglo a la educación y normas que él le ha dado.
Y no deseo decir con esto que no sea necesario rezar, porque hacerlo es el reconocimiento del ser humano al Todopoderoso, a la Virgen como Madre de Jesucristo y a los santos como intercesores, pero rezar agradecidos por su gran generosidad, no rezando para pedirle, bajo unas promesas de hacer esto o lo otro, para que nos conceda cosas que están en nuestras propias manos e intelecto de personas conseguirlas, por ejemplo, que nuestro hijo gane unas oposiciones para las que hay diez plazas, a la que se presentan doscientos aspirantes, y por ello estar todo el día pidiéndole para que influya de alguna manera en su favor, queriéndole obligar con los ruegos a que se le conceda por las buenas, si merecimientos propios, lo que iría en perjuicio y detrimento de aquellos que estuviesen mejor preparados. Y si esos actos inmorales los podemos cometer los seres humanos, con recomendaciones interesadas, nunca el Ser Supremo.
A Él se le debe rezar para pedirle salud, que nos proteja de todos los males, y en distintas circunstancias, cuando somos honestos en el comportamiento, que en algunos momentos de nuestra vida nos ilumine para tomar decisiones acertadas, también por la paz en el mundo, que los más menesterosos sean atendidos, además de ciertas cosas admisibles, pero no acordándonos solamente en los momentos que nos conviene y pedirle lo que no nos corresponde. Y aunque los rezos son siempre buenos, hay dos refranes que suelo repetirlos cuando llega la ocasión, que son aquellos que dicen: “A Dios rogando y con el mazo dando”, y el otro, “Ayúdate que Dios te ayudará”, y no esperar pacientemente y confiados que lo haga por nosotros.
Y lo que tampoco vale para nada son las humildades fingidas, ya que los que las emplean lo hacen en unas posturas hipócritas, para crearse una situaciones favorables dentro de los ambientes religiosos y en los círculos en que se mueven en la sociedad, creyendo, en su ingenuidad y equivocadas intenciones, que lo mismo que engañan a las personas que les rodean y con las cuales conviven, pueden hacerlo también con Dios.
Luis S.

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