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Aquellos ‘lunes de resaca’



Pepe Ojeda
Sin lugar a dudas, el inolvidable caso de La Perseverancia era el epicentro de una Feria Real que iniciaba su andadura en 1850. Hasta su desgraciada demolición -luctuoso hecho recogido en mil escritos- el histórico albero fue pisado por las más grandes figuras del toreo.
A través de vallados, los toros de las ganaderías más cercanas, eran conducidos hasta los corrales del legendario coso, dirigidas por vaqueros a caballo, escoltados por los imprescindibles cabestros.
La Perseverancia, testigo de inolvidables gestas, acogió en sus venerables muros, en sus tendidos incómodos, en su andanada alta de tablas, a figuras irrepetibles de esta nuestra Fiesta por antonomasia.
Como hemos indicado, atalaya del hermoso recinto ferial, que se alzaba al término de una caprichosa escalinata, La Perseverancia se convertía en el eje de la fiesta más esperada por todos los algecireños. Las larguísimas colas para lograr una buena entrada, las vigilias en las cercanías para encontrar una ubicación aceptable en una Plaza que no numeraba sus localidades de sol, se convirtieron en espectáculos improvisados que se repetían año tras año.

Capea
En La Perseverancia, a mitad de Feria, los componentes de la Caseta Los Juncales, organizaban su anual capea, un derroche de señorío y de saber estar. Vino escogido de la tierra, exquisitas viandas y suelta de vaquillas de algún ganadero próximo, configuraban un jueves de Feria muy especial, que en un par de ocasiones, como consecuencia de la euforia desatada, propiciaron algunos accidentes muy comentados, como las volteretas sufridas por el insigne tenor oriolano, convertido al algecirismo, Pedro Terol y el recordado ganadero Juan Gallardo, que tuvieron que ser hospitalizados y operados de sendas fracturas. Son simples anécdotas, porque Los Juncales -pese a su exagerado elitismo- configuraron una de las Casetas más importantes del real del recinto ferial.
Cuando la Feria terminaba y todavía resonaban en los vacíos tendidos los ecos de las faenas más importantes, La Perseverancia seguía albergando una actividad que servía para poner el punto y final a una semana interminable. Los rabos de los Toros y novillos lidiados durante la Feria, por decisión de la Empresa Casado-Casero, eran rescatados a los matarifes antes de ser entregadas las carnes a los carniceros para su posterior venta en el Mercado Central de Algeciras.
El ‘lunes de resaca’, mientras la población en pleno dormía -no existía la costumbre entonces de recuperarse en la playa- en la añeja Plaza de Toros, los que habían trabajado a lo largo de los últimos días, se reunían para degustar los exquisitos rabos de toro que cocinaba Antonia Molina, la esposa de Manuel Luque Ríos, el “eterno” conserje de La Perseverancia. Porque la saga de Los Luque, ha sido una de los referentes de la historia taurina de Algeciras. Sin lugar a dudas, “la saga de los carreteros”.
A esta rabada acudían desde el Presidente de la Plaza, pasando por los empleados en su totalidad, los delegados gubernativos, el equipo médico encabezado por el “ángel de los toreros” el doctor Fernando Ramos Argüelles y los invitados del gremio periodístico. Y con el delicioso condumio, transcurrían las horas de aquellos ‘lunes de resaca’.