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Chiste
de Maro

A Faly

Lunes de Pentecostés, palomas en el aire, cohetes en la aldea y cuánta tristeza en Jerez. La Pastora encaprichada en una bata de cola, quiere que Faly le haga volantes con caracolas, con flores de sentimientos y encajes de buenas obras. Faly coge el costurero con hilo y sin dedal y se va con la Pastora y le dice con su gracia, ¡ponte esta bata de cola! Lleva el amor de los míos, la sonrisa de mi nieto y abrazos de mis amigos. Lúcela con gran tronío para que digan los Ángeles que Faly está vistiendo a la Virgen del Rocío.Lunes de Pentecostés, que contenta la Pastora, ¡qué triste queda Jerez!

Juana y ana

Supera a la ficción

El suceso es tan conmovedor y trágico, que transcurridas dos semanas aún sigue produciendo noticias: me refiero al caso de Josef Fritzl, de setenta y tres años, austriaco de Amstetten, ciudad de veintitrés mil habitantes. Una pequeña ciudad en la que es fácil conocerse, y sin embargo han sucedido cosas que la imaginación más escabrosa le costaría trabajo elavorar.
Cualquiera perteneciente al común de los mortales diría como ese conductor de autobús, que aprovechó que el coche estaba vacío para hacer un comentario lleno de estupor: no hay palabras para calificar lo que le hizo ese hombre a la hija, secuestrándola y violándola durante veinticuatro años. Hechos como este contribuyen a una visión pesimista del momento presente y de la condición humana en general; y no es para menos, pero a renglón seguido hay que seguir mirando. Crueldades monstruosas las hubo en cualquier tiempo pasado y, desgraciadamente seguirán produciéndose, porque el corazón humano es capaz de la mayor grandeza y de la más vil miseria.
Cuando los ciudadanos, ante un hecho o acontecimiento se paran a pensar y analizar adopta un papel de minoría; y se confunden con la masa cuando se mantienen en la corriente de opinión general de forma irreflexiva. Esta segunda manera de vivir es más cómoda aparentemente, aunque a la larga produzca las mayores calamidades.
Lo que rodea al caso particular de Josef Fritzl se puede trasladar a escenarios mucho más amplios. La comodidad del vecindario y las autoridades dejaron que se generase delante de ellos una tragedia de grandes repercusiones. Las autoridades sabían que aquel hombre había estado en la cárcel dieciocho meses, en el año sesenta y siete, por violación; y se le permite adoptar a tres hijos supuestamente de una hija recluida en una secta.
Los familiares y vecinos no se dieron cuenta de la cantidad de toneladas de tierra extraídas para hacer un habitáculo bajo tierra de sesenta metros de superficie por uno setenta metros de alto. Este es un caso particular de una historia repetida: el ciudadano y la instancia oficial sabe que algo está pasando, pero lo que se supone es tan horrendo, que inmediatamente se coloca una venda para disimular que no pasa nada. Daba miedo mirar en la Alemania nazi y preguntar a dónde iban los trenes cargados de judíos y otras minorías, aunque se intuyese que su destino era la tortura y la muerte. Se volvía la mirada hacia otro lado ante lo que sucedía bajo el telón de acero, aunque se sospechase que se eliminaban sectores enteros de población contados por millones.
Entre nosotros, el atentado del once de marzo del dos mil cuatro no ha sido esclarecido ni mucho menos; pues ni se conoce la autoría ni el explosivo ni, en realidad, los participantes, y da miedo seguir preguntando, pero es una herida de doscientos muertos que la sociedad española tiene abierta todavía.
Estas cosas que suceden y exceden la imaginación más procaz indican los grados que puede subir la temperatura del mal en lo individual o lo social; y debe ser una llamada de atención frente a la pereza, la indolencia o el desinterés. La pereza inhibe para aunar fuerzas individuales; la indolencia insensibiliza para los verdaderos problemas y el desinterés convence de que la responsabilidad es de otros.
Cada uno individualmente es capaz de algo, y cubrir esa parcela es vital para el resultado general. El conductor del autobús hacía algo muy importante al dar voz a sus pensamientos sobre el caso mencionado, y cada uno estamos llamados a ejercer con seriedad y honradez la libertad de pensamiento y opinión.


P. G.

 

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