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de Maro

Retorno

El otro día me quedé turulato cuando le acercamos el micrófono a un marroquí que viajaba de Algeciras a Marruecos para pasar las vacaciones como cada año. A la pregunta del redactor (que nada tenía que ver con la crisis que sufrimos todo dios en este país) el inmigrante respondió que no se marchaba de vacaciones sino para siempre, que se había quedado sin currelo hacía cuatro meses y que la situación, para él y su familia, era insostenible. Luego de la sorpresa que nos llevamos, metimos el micrófono a otro vecino marroquí que respondió a la pregunta del mismo modo que su paisano: “Me voy de España porque aquí ya no se puede vivir. Tengo que pagar setecientos euros de alquiler, gas, calefacción, electricidad, agua y comida. El sueldo no me da para nada, y para colmo de males, me quedo en el paro hace tres días, y aunque encuentre otro trabajo las condiciones económicas serán peores. Ya no se puede ser albañil, ni cocinero, ni taxista, ni nada…” . El periodista y yo nos miramos a los ojos intuyendo que la noticia no iba a ser la Operación Paso del Estrecho sino la crisis vista desde otra perspectiva, o sea, desde el que viene a España a buscarse el papeo. La sucesión de entrevistas continuó porque lo que queríamos que nos respondieran era que habían hecho un largo viaje desde cualquier ciudad europea y que el tiempo de espera para embarcar era de 15 minutos, pero el panorama era otro, la historia había dado un giro de 180 grados, todo se tornó más jodido. La preocupación de aquellos hombres era que no tenían ni para la gasofa del viaje. Algunos, incluso, aludían a que no habían tenido dinero ni para hacer la revisión rutinaria al coche antes de ponerse en carretera. Estos venían de Barcelona, Murcia, Madrid o Alicante.
Sin embargo, aquellas personas que vivían en nuestro país desde hacía años y habían tirado la toalla, no se podían comparar con aquellos que procedían de otros países europeos. Ya metidos en faena, mi compañero y yo decidimos renunciar a preguntar sobre la OPE y centrarnos en la comparación de la crisis respecto de otros trabajadores también europeos (aunque para ello hay que hacer un análisis más concienzudo). Así, cámara y micro en ristre, fuimos preguntando a unos y a otros y lo que respondieron con indolencia fue que efectivamente estaban viviendo una crisis pero que no era para tanto (éste venía de Alemania). Otro, un marroquí afincado en Bélgica desde hacía 15 años, confesó que cada año va de vacaciones a su país de origen y seguirá yendo en los venideros, junto a su mujer y tres hijos, porque lo de la crisis “es cosa de los políticos”. Un tercero (inmigrante en Roma) narraba que él no tenía dificultad para llegar a fin de mes a pesar de dedicarse a la construcción y el cuarto y último entrevistado (marroquí en París) apuntó que en el norte de Europa sólo se menciona a España para referirse a la crisis. Conclusión: que al parecer la brete económico no está tan extendido y que en España, cada vez más, cada día, nos estamos hundiendo en el barro. O en la mierda, para qué vamos a ser tan finos. Las empresas financieras caen en picado, la bolsa ya es de plástico (y no de papel como los billetes) y en número de parados va tan en aumento que hasta los inmigrantes se están dando el piro. Es decir, un retorno sin coche de policía de por medio, un retorno voluntario, una huída de la que se nos está viniendo encima y un retorno, en fin, que no deja duda de que tonto el último. En un momento dado me senté en el coche para observar cómo iban embarcando, rumbo a Tánger, más de trescientos vehículos de lujo atestados y cómo, del mismo modo, lo hacían, en el barco de otra compañía, un centenar de tartanas más atestadas (una auténtica mudanza, sin lugar a dudas) que los anteriores. Se dan el piro..., susurré. La chica del chiringuito que montan en algunas zonas del puerto para vender agua, miel, bocatas y refrescos, contemplaba, con los ojos clavados en la popa del barco que engullía coches a cientos, cómo aquel embarque había pasado de largo sin que ningún viajero hubiera preguntado siquiera el precio de una simple botella de agua mineral. El maletero (entreabierto) de uno de los vehículos dejaba visible una caja de Lanjarón. Eso, me dije más tarde, lo explicaba todo. Pero como dice mi buen amigo Rafael Montoya, marino ilustre donde los haya: “a la mar, marea”. O sea.

I. B.

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