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de Maro

 
 

La vaca
A ver si me entero de qué va la cosa, pero ayer me contaron que han puesto una vaca frente al pájaro-jaula constitucional. Allí en la avenida, como las de Milka. Una vaca-estatua o algo así. A saber. Bueno, o la han puesto o ha llegado sóla, que va a ser que no. O para hacer compañía al colibrí de acero. Aunque intuyo que la vaca tiene algo que ver con el programa Cádiz de Color, por el bicentenario de Mutis. A ver si me paso por la avenida y me hago a la idea. Por cierto, ¿les pareció bonito el parterre de San Juan de Dios con las flores metidas en quintos de cerveza?

Precioso enclave
Me dicen también que el Castillo de San Sebastián es un sitio espactacular para celebrar conciertos, que es un enclave magnífico y que es precioso caminar por el espigón de noche. Ahora bien, también me dicen que hay que tener cuidadito para caminar a oscuras por la fortaleza. ¿No podían haber iluminado un poquillo mejor el recinto? Con todas las luces que ponen en La Victoria, se podían haber llevado algún foquito para La Caleta.
 
 

Turismo

Francisco Morales
fcomorales12@gmail.com

El furor para atraer el turismo se desparrama por toda la geografía del país. No importa que la ciudad o el pueblo en cuestión carezca de patrimonio cultural o de eventos de interés, o que su medio natural haya sido devastado. Sobre la nada se levantan parques temáticos, museos insulsos, complejos hoteleros y termales o atracciones infantiles para adultos calcadas unas de otras, todo perfectamente homologado, de forma que visitando algunas de estas creaciones turísticas no se percibe la diferencia de estar en un sitio u otro.
En realidad, pese a que la publicidad ensalce la originalidad del destino elegido, lo que se pretende es lograr el máximo parecido. El presidente de una conocida cadena de hoteles se refería a esto como el máximo exponente de la evolución en su negocio. En sus hoteles, lejos de buscar la diferenciación o la singularidad en función de las características del entorno donde estuvieran situados, se busca la homologación, hasta el punto que detalles nimios de las habitaciones fueran idénticos para lograr así que el cliente sepa qué va a encontrar cuando compra su producto y se sienta como en casa. Nuestro jefe es el cliente, decía. Y al parecer, el cliente-jefe, ya sea ocasional viajante por negocios o turista en vacaciones, pedía certidumbres, nada de cambios.
Yo pensaba que precisamente moverse en un entorno diferente y cambiar la rutina aún a costa de ciertas incomodidades, formaba parte de los alicientes para viajar. Pues no, parece ser que las opciones predominantes en el mercado son o los paquetes turísticos homologados o el turismo a la carta en busca de parajes poco visitados, aventuras controladas o experiencias extremas, ese que practican los nuevos progres, eso sí con el resguardo seguro de su cuenta corriente y la vuelta a casita.
En cualquier caso, un tópico casi perenne de la industria turística es su supuesta renovación. Desde hace años se viene hablando de la necesidad de repensar nuestra industria turística, diversificando la oferta, aumentando la calidad, disminuyendo el hormigón y preservando el medio ambiente. Sin embargo, parece ser un camino casi tan largo como el viaje al centro del PP.
¿No me creen? Basta con recorrer nuestras costas. Elijan la que quieran. Salvo algunos tramos protegidos sobre los que, no obstante, planea la presión urbanística, la inmensa mayor parte de nuestra costa ha quedado convertida en una sucesión interminable de hormigón en forma de urbanizaciones y complejos hoteleros a pie de playa. En muchos casos, tan a pie de playa, que uno se pregunta para qué demonios sirve la ley de costas o si ésta es en realidad tan laxa que da igual que exista. Ley que, en cualquier caso, se pasan por el forro promotores y ayuntamientos de todo signo político. Esto, junto a los omnipresentes campos de golf, constituyen, al parecer, la quinta esencia del turismo de calidad que tanto nos publicitan.
Hay quienes pueden pensar que eso es la herencia del desarrollismo de los sesenta, que ahora las cosas se hacen de otra forma. Lamentablemente, no es así. Hemos cambiado la terminología pero no nuestros actos. Muchos de nuestros políticos hablan con aparente convencimiento de desarrollo sostenible o de la necesidad de preservar nuestro patrimonio natural como mejor garantía de futuro. Sin embargo, en sus actos se desvela que son creyentes, pero no practicantes. La contradicción es a veces tragicómica. Recientemente, en la costa almeriense pude ver en medio de esta sucesión interminable de urbanizaciones un cartel del Ayuntamiento que rezaba así: “Proteger el medio ambiente es la mejor forma de cuidar el turismo”.

   
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