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de Maro

Símiles taurinos
En la rueda de prensa que ofreció ayer el concejal socialista Joaquín Corredera comentó, tras las denuncias del secretario local, Ignacio García de Quirós, acerca de la plaza de toros, que no sólo la gente rechaza a los toros de las ganaderías (en relación a un apunte realizado acerca de la corrida del pasado día 27), sino que hasta las vacas han perdido el intéres por sus machos. Sin duda, hay que alabar los toques humorísticos que intenta darle siempre a problemas de tanta índole...Sin duda, el concejal de la plaza de toros, Fernando Gago, y él, podrían batirse en duelo, a ver cual de los dos ofrece la mejor frase.

 

Deseada tranquilidad...
Muchas veces no sabemos qué tenemos en nuestra propia ciudad. Con decirles que el domingo estuve admirando un poco más el parque de Los Toruños y después la playa de Levante... Sin duda, habrá crisis, pero la de gente que había en la playa, lo que me costó encontrar un aparcamiento para mi vehículo, y por las largas colas que tuve que soportar a la vuelta, me confirman que por los menos ganas de verano hay, aunque sea con el bocata de salami a cuestas... Pero es cierto que podríamos visitar más nuestros espacios y no tanto viajar al extranjero.

Turismo

Francisco Morales
fcomorales12@gmail.com

El furor para atraer el turismo se desparrama por toda la geografía del país. No importa que la ciudad o el pueblo en cuestión carezca de patrimonio cultural o de eventos de interés, o que su medio natural haya sido devastado. Sobre la nada se levantan parques temáticos, museos insulsos, complejos hoteleros y termales o atracciones infantiles para adultos calcadas unas de otras, todo perfectamente homologado, de forma que visitando algunas de estas creaciones turísticas no se percibe la diferencia de estar en un sitio u otro.
En realidad, pese a que la publicidad ensalce la originalidad del destino elegido, lo que se pretende es lograr el máximo parecido. El presidente de una conocida cadena de hoteles se refería a esto como el máximo exponente de la evolución en su negocio. En sus hoteles, lejos de buscar la diferenciación o la singularidad en función de las características del entorno donde estuvieran situados, se busca la homologación, hasta el punto que detalles nimios de las habitaciones fueran idénticos para lograr así que el cliente sepa qué va a encontrar cuando compra su producto y se sienta como en casa. Nuestro jefe es el cliente, decía. Y al parecer, el cliente-jefe, ya sea ocasional viajante por negocios o turista en vacaciones, pedía certidumbres, nada de cambios.
Yo pensaba que precisamente moverse en un entorno diferente y cambiar la rutina aún a costa de ciertas incomodidades, formaba parte de los alicientes para viajar. Pues no, parece ser que las opciones predominantes en el mercado son o los paquetes turísticos homologados o el turismo a la carta en busca de parajes poco visitados, aventuras controladas o experiencias extremas, ese que practican los nuevos progres, eso sí con el resguardo seguro de su cuenta corriente y la vuelta a casita.
En cualquier caso, un tópico casi perenne de la industria turística es su supuesta renovación. Desde hace años se viene hablando de la necesidad de repensar nuestra industria turística, diversificando la oferta, aumentando la calidad, disminuyendo el hormigón y preservando el medio ambiente. Sin embargo, parece ser un camino casi tan largo como el viaje al centro del PP.
¿No me creen? Basta con recorrer nuestras costas. Elijan la que quieran. Salvo algunos tramos protegidos sobre los que, no obstante, planea la presión urbanística, la inmensa mayor parte de nuestra costa ha quedado convertida en una sucesión interminable de hormigón en forma de urbanizaciones y complejos hoteleros a pie de playa. En muchos casos, tan a pie de playa, que uno se pregunta para qué demonios sirve la ley de costas o si ésta es en realidad tan laxa que da igual que exista. Ley que, en cualquier caso, se pasan por el forro promotores y ayuntamientos de todo signo político. Esto, junto a los omnipresentes campos de golf, constituyen, al parecer, la quinta esencia del turismo de calidad que tanto nos publicitan.
Hay quienes pueden pensar que eso es la herencia del desarrollismo de los sesenta, que ahora las cosas se hacen de otra forma. Lamentablemente, no es así. Hemos cambiado la terminología pero no nuestros actos. Muchos de nuestros políticos hablan con aparente convencimiento de desarrollo sostenible o de la necesidad de preservar nuestro patrimonio natural como mejor garantía de futuro. Sin embargo, en sus actos se desvela que son creyentes, pero no practicantes. La contradicción es a veces tragicómica. Recientemente, en la costa almeriense pude ver en medio de esta sucesión interminable de urbanizaciones un cartel del Ayuntamiento que rezaba así: “Proteger el medio ambiente es la mejor forma de cuidar el turismo”.

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