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de Maro

El dedo que habla

Quien tiene la costumbre de enredarse en las ondas poco después de apagar la luz y antes de dejarse seducir por las caricias del sueño, tiene la ocasión de escuchar de primera mano las noticias que al día siguiente se estamparán en el periódico habitual. Cuando lo abrimos, a veces no nos hace falta leer los titulares, las fotos nos devuelven la voz y el texto transmitido la noche anterior, sin embargo hay noticias que causan desconcierto, que confunden cuanto más se analizan. El hecho de haberlas oído es como un hilván que las sujeta al pensamiento. Verlas en el periódico nos ofrece la posibilidad de desenredar la maraña que se ha creado en torno a ella, por esa razón nos lanzamos con fruición a su lectura desde el antetítulo. Las entradillas y los ladillos orientan, el lector aprecia la labor periodística pero a veces el punto final resulta frustrante precisamente por el recuerdo.
El poder evocador de una noticia es el resorte que la une a otras de meses o incluso años atrás y la sensación que experimenta el lector, en este caso concreto, es desalentadora.
La llegada del móvil supuso un avance extraordinario en la comunicación. Luego llegaron los mensajes y con ellos la publicación de un libro poco mayor que una caja de cerillas que recogía las abreviaturas más frecuentes además de las posibles. De esta forma se abarataban los costes y el usuario hacía lo que le salía del móvil.
La reacción de los lingüistas y filólogos no se hizo esperar, eruditos que pusieron el grito en el cielo cuando esta forma de expresión llegó a las aulas, una pasarela que facilitó la navegación libre por internet. Utilizaron las columnas para denunciar el empobrecimiento del lenguaje a pasos agigantados, plantearon un futuro incierto si estos jóvenes eran los destinados a conducirlo. Y unos años más tarde, en estos días, la mayoría de los que atacaron esta forma de expresión a golpe de mandoble, no sólo la defienden sino que la denominan “código de comunicación”, una “cultura audio-visual basada en un lenguaje fonético que ya usaban los fenicios”. Es entonces cuando se produce el primer aldabonazo que hace sacudir la cabeza como quien espanta un moscardón. Esta lección de historia es el principio de un rosario de razones dirigidas más bien a ellos mismos que al lector porque se apoyan en que “se trata de la mayor revolución del lenguaje que haya habido jamás y su uso no implica el desconocimiento de las normas, simplemente habría que diferenciar cuándo emplear el lenguaje virtual (msn y messenger) y el normalizado”. Esta conclusión es pura lógica pero el problema surge cuando se hace habitual, cuando de la escritura en general ha desaparecido la “h” y entre la “b” y la “v”, la “y” y la “ll” no existe diferencia. Los estudiosos responden que no hay tal problema, que no es consecuencia de la tecnología sino del sistema educativo. El segundo aldabonazo no hace sacudir la cabeza, obliga a cerrar los ojos para recordar al maestro que con paciencia de santo nos enseñó a leer y a escribir, con el que canturreando aprendimos las reglas de ortografía, esas que hoy brillan por su ausencia. Dónde está el error, se preguntará el maestro despertando la duda. Se abren los ojos para seguir leyendo que este fenómeno ha motivado “un cambio físico pues el pulgar que siempre fue un dedo tonto, se ha convertido en un dedo que habla” y esta facultad recién descubierta, piensa el lector, ha erradicado el “síndrome del pulgar” criticado por años. Se produce el tercer aldabonazo, el que consigue abatir nuestra verticalidad.


a. b.

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