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de Maro

Operación biquini

Durante este mes se prodigan en los medios las productos milagro, esos que aseguran resultados visibles en catorce días. Lociones, parches y cremas reductoras esperan pacientemente en las perfumerías a ser elegidos entre los miles anunciados, protegidos por una coqueta cestita de mimbre o al abrigo de un bolso monísimo. El fin perseguido está gastado de tanto repetirlo: eliminar lo que sobra para disfrutar del biquini. Echando la vista atrás, el primero que vi lo llevaba una chica extranjera en una playa de Fuengirola. Creo que mis años por entonces sólo tenían una cifra, razón suficiente para que dicha localidad malagueña me pareciera un mundo pequeño dentro del grande. La chica llegó sola, con un albornoz muy corto y unos tirantes muy anchos.
En aquella época estas prendas estaban de moda, con unos estampados escandalosos no por los motivos florales, exageradamente grandes, sino por los colores, tan chillones que aullaban desde las tramas. Saludó con una inclinación de cabeza y una sonrisa. No se volvió de espaldas y con tranquilidad extendió la toalla sobre la arena, puso la bolsa encima y procedió a quitarse la ropa. Tiró primero del vestido por la zona del hueco de mangas y a medida que iba subiendo el mini campo florido, quedaba progresivamente al descubierto lo que yo supuse un bañador. Cuando el albornoz salió del todo lo dobló y lo colocó a modo de almohada. Ella, con total naturalidad, se tendió boca arriba sin reparar en mis ojillos, que llenos de curiosidad se abrieron al límite cuando vieron el ombligo. Hoy me río al recordarlo pero entonces, creo que busqué la mano de mi madre para transmitirle sin palabras mi perplejidad.
Aquel verano vi muchos modelos del minúsculo traje de baño, número que fue creciendo posteriormente.
La moda iba agrandando las aberturas para las piernas dando lugar a un nuevo diseño que durante años se impuso hasta el punto de eclipsar al biquini tradicional. Pero el tanga parecía reservado a la juventud, necesitaba desesperadamente un toque de seriedad.
El triquini esparció las gotas de glamour que necesitaba uniendo las dos piezas primitivas, aunque esta prenda tan novedosa encontrara su antecedente en un engañabobos que se adornaba con volantitos. Más bien era un bañador atrevido que no llegaba a perder la unidad. No tuvieron tanto éxito como tienen hoy ni eran tan seductores pero mantener cubierto el abdomen transmitía más confianza y seguridad que seriedad, sobre todo por las jugarretas del oleaje. Esta temporada a estas dos prendas se les une un conjunto con nombre propio. En algunas fotos tomadas durante los primeros días de primavera, agobiantes por cierto, lo hemos visto protegiendo el cuerpo de las famosas de los primeros rayos solares.
El tanquini se presenta como un serio rival en cuanto a popularidad con sus otros hermanos pero sin renunciar a sus orígenes, esto es, el bañador de siempre o la parte inferior de un dos piezas acompañado de una simpática camiseta.
Por todo lo anterior y por lo que demuestran los reportajes gráficos, aquellos que captan imágenes anónimas, observamos gratamente cómo la lógica y el sentido común van ganado terreno a los prejuicios y a los complejos.
Hoy el biquini ha traspasado la frontera de la juventud para acomodarse entre la madurez, el triquini, el tanquini o el tradicional bañador forman parte del abanico a elegir y satisface comprobar que cualquier opción tiene como finalidad disfrutar del mar, el aire y el sol.

A. B.

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