Proyecto Gran Simio
Es casi imposible no caer en el chiste fácil, pero si la Comisión de Medio Ambiente del Congreso ha aprobado un proyecto de ley para que el Gobierno y la legislación española se sumen al Proyecto Gran Simio que, básicamente, consiste en que los orangutanes, los chimpancés, los bonobos y los gorilas alcancen un tratamiento semejante al de los humanos, lo primero que se le ocurre a cualquiera es, que dado el ámbito del debate, unos pocos políticos aspiran a renovar su especie, sobre todo cuando el portavoz de una cosa llamada ICV, Joan Herrera, se explaya argumentando que “hay que devolverles la dignidad” –a los primates, no a los políticos–, garantizándoles “una vida digna para su especie, ya que son seres con capacidad para conocerse a sí mismos, con capacidades cognitivas amplias y complejas” (sic), que es lo menos que también se les exige a los políticos aunque algunos no lleguen a ese nivel.
Otro, diputado socialista, Emilio Amuedo, se limitó destacar la necesidad de “preservar una especie en peligro de extinción, y no confundir esto con “asemejar los derechos de los grandes simios con los humanos”, lo cual, qué quiere que le diga, no es que sirva para dejarnos a todos más tranquilos, sobre todo cuando la preocupación por los simios cobra tintes dramáticos superiores a los que despiertan en el Parlamento los millones de niños que se mueren de sed, de hambre o porque les falta una vacuna. Tampoco debiera interpretarse como que los grandes simios deben ser abandonados a su suerte, es decir, a la extinción, sino que puestos a establecer prioridades, no debiera haber dudas de por dónde empezar, sobre todo porque los seres humanos que mueren son víctimas de un sistema capitalista feroz que no sabe de justicia alguna, sino que para acallar sus conciencias las disfrazan de caridades, así no se mueren todos de golpe y se quedan sin mano de obra barata.
Si se parte de que los humanos pertenecemos a una especie animal evolucionada, es lógico que tengamos exigencias y deberes para proteger a los que todavía no lo han alcanzado. De hecho nos hemos dado leyes que así lo exigen sin que por ello tengamos la obligación de elevarlos a nuestro nivel. Este camino, por extensión, nos llevaría a que no fueran sólo los grandes simios los privilegiados, sino los monos, tan graciosos como los titís y los macacos o tan curiosos como los monos ardillas y los aulladores. O sea, la releche y, si vamos apurando especies podríamos llegar al lagarto Juancho, al oso Yogui, al Correcaminos y a su enemigo declarado el coyote.
La atónita ciudadanía, no obstante, se pregunta si el Congreso de los Diputados puede permitirse el lujo de perder tiempo en semejantes chorradas en vez de emplearlo en paliar la crisis económica, y en arbitrar fórmulas para que los contribuyentes no estemos con el ay en la boca, pendientes como nunca de las fluctuaciones del crudo, de las especulaciones inmobiliarias, de si tendremos que volver a vivir en los árboles, como Tarzán y la mona Chita, cuando no se puedan pagar las hipotecas, que al paso que vamos no sería de extrañar.
Naturalmente estoy a favor de la vida, sea la de un simio grande o pequeño, como de cualquier planta por insignificante que parezca. No obstante hay que admitir que existen animales con cuyo sacrificio nos alimentamos sin que por ello se nos tache de crueles, claro que si se divulgaran las operaciones que se realizan en los mataderos industriales de aves, quizá no tuviéramos más remedio que adoptar a los pollos como animales de compañía. Lo mismo ocurre con las plantas; todas tienen su vida propia y nosotros, los humanos, las utilizamos para nuestro consumo, lo mismo que durante años dejamos crecer los árboles para terminar convirtiéndolos en un cabecero de cama, una mesita de té, o en pasta de papel. Nunca se sabe en qué puede parar la espiral de los disparates. Se empieza por los grandes simios y se termina, vaya usted a saber. Y si los simios están tan evolucionados, que se procuren un Parlamento, como hemos hecho los humanos. Total…
f. c.
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