Montes y diteros en el XXI
La canícula azota, y de qué manera, algunos cerebros que parecen reblandecerse con tanto calor. Las entendederas dejan escapar la poco sustancia gris de aquéllos que se las prometían felices con el gobierno socialista y ahí lo tienen: abrumado por la crisis. ¿What crisis?, sin respuestas y empezando a asumir los números negativos que van creciendo y creciendo día a día.
Pero claro, ahora que el partido popular ha escogido un perfil bajo, moderado y centrado, resulta que el presidente y sus correligionarios se quedan sin argumentos del miedo a la derecha, la confrontación y todo lo demás. Ahora prefiere vender humo. El único achaque ahora es que con esa mentalidad de ajuste presupuestario (socialistas dixit) se resienten las medidas de corte social y por ahí no están dispuestos a pasar. Pues apañados vamos… Cuando de la bolsa sólo se saca –cuenta de la vieja de toda la vida–, tarde o temprano le terminamos viendo la costura a la bolsa.
Pero estos en su esquizofrenia política, piensan una cosa y hacen otra: por ejemplo, al convenir con los inmigrantes sendas pensiones (una aquí en España, y la segunda en su país de origen –no se arrepientan y se nos queden–) para que regresen para aliviar cargas económicas y sobre todo para ir respetando la famosa Directiva de la Vergüenza.
Y entre tanto, los juzgados de lo mercantil no dan abasto ante tanta suspensión de pagos, concursos o quiebras. A este paso, unos órganos judiciales tan nuevos quedarán en breve colapsados por una situación económica que los más optimistas están ya situando la mejoría en el 2011. Es decir, que nos quedan unos cuantos años de cinturón más que apretado.
Y en esas, seguro que vamos a recuperar las viejas costumbres de nuestros mayores: Monte de Piedad y diteros, aunque con tanta tecnología ipod, iphone, y qué sé yo, seguro que viene el extraperlista de la época y se nos hace rico como en los tiempos de la posguerra, que alguno que yo me sé, levantó una fortuna.
Es el tiempo de las vacas flacas. Ya hay quien ha empezado a entregar a las entidades bancarias sus pisos como medio de pago ante la imposibilidad de hacer frente a unas hipotecas cuyos índices de referencia están acercándose, y no lentamente, a números con dos guarismos. Y no hablamos de gentes que a lo mejor tengan que dejar su segunda vivienda, la de verano, por no poderla atender. Sino de gentes, padres de familia normalmente, que tendrán que levantar la casa e irse a vivir con padres, o familia.
Los más pobres sacarán nuevamente anillos y pulseras, brazaletes y relojes de sus mayores para que las oficinas bancarias -esas nunca pierden- vuelvan su perversa mirada a costumbres y usos de cincuenta años atrás.
Y en las puertas de las casas, o en los portales de internet, aparecerá un hombre con una raída libreta, llena de pequeños números rojos, que recordará semanalmente el débito contraído para los ultramarinos, el ajuar casa y demás artículos de primera necesidad. Y se volverá a escuchar: “ahora me coge en mal momento. Vuelva usted mañana”. Y mañana estaremos más o menos igual.
Incluso ya hay analistas que piensan que la situación que nos tocará vivir será algo parecido al crack del 1929, donde la gente incluso ante la desesperación terminaba tirándose por las ventanas.
Lo único que deseo es que tengan suerte y vivan en uno de esos unifamiliares que el antiguo régimen local nos vendió como la ciudad soñada. Creo que, sin duda, pensaron en eso… Por si algún día había que tirarse por el balcón.
J. I.