|
Quejarse antes de tiempo
Francisco Carrillo
de la real academia de san romualdo
Perdone que insista, pero si uno va en autobús, o al mercado, o a una consulta del Centro de Salud; o sea, cuando uno se rodea de gente extraña que sólo conoce del buenos días, buenas tardes y usted lo pase bien, se cae en la cuenta de que todos hablan de lo mismo: de lo caro que está todo; media hora de escucha es suficiente para quedarse catatónico, que no es igual que acartonado, aunque parezca lo mismo. Catatónico -se lo digo para que no tenga que consultar el diccionario-, es un síndrome esquizofrénico, con rigidez muscular y estupor mental, algunas veces acompañado de una gran excitación. Eso exactamente. ¿Ve lo útil que resulta conocer el significado de las palabras? Usted dice catatónico y parece como si no le pasara nada, pero ya ve el alcance que puede tener el síndrome ese, precisamente en el estado en que me sumo -del verbo sumir, no del verbo sumar- cuando se oyen amenazas, secretos inconfesables o, como en este caso, versiones increíbles del precio de los alimentos.
La verdad, aparte de que no es para tanto, quejarse ahora es una tontería, vamos, como ponerse una tirita antes de que se produzca la herida, porque ¿qué vamos a dejar cuando los precios suban mucho más? No hay que olvidar que hasta hace tres meses nos decía el Gobierno que no había crisis, sino desaceleración, que es distinto. Verá, para explicarlo mejor: crisis en cuando una familia de seis personas aspira a comer pijotas y no puede comprarlas, desaceleración es cuando sólo se puede comprar tres pijotas para los seis, ¿me explico? Bueno, pues así todo. Y si el Gobierno nos venía diciendo que no había crisis es que no la había o, si acaso, no lo habían calibrado bien o nos estaban engañando. También puede suceder que esto de ahora sea el punto de partida de una carestía mayor; es decir, que desaparezcan las pijotas, bien porque los camiones no circulen, ni los barcos las pesquen, ni a los intermediarios les interese porque dejen de ganar las cantidades acostumbradas. Y si la cosa puede ir a peor, ¿para qué lanzar las campanas al vuelo antes de tiempo?
Vengo diciendo que de aquí a poco, volveremos a las panizas. Usted no quiere creérselo y mucho menos las nuevas generaciones que no las conocieron. Ya ve, para ir haciendo boca, y ante la huelga de transportistas, decidí comprar un par de sacos de harina de garbanzos. Recorrí varias tiendas y ninguna pudo facilitarme el pedido, así que me metí en internet y allí encontré una dirección de Rumanía, con la salvedad de que no las vendían por sacos, sino en estuches tipo cosmético caro. ¿Por dónde nos va a salir ser pobres? Por eso, por oír antes de tiempo las lamentaciones y por haber conocido las cartillas de racionamiento, me alarmé tanto. Posiblemente no llegué al estado catatónico, sino al acartonamiento en su primera fase: rigidez muscular, pérdida de audición, temblores en las piernas y aceleración de las palpitaciones. Así que he decidido no viajar en autobús, ni pisar el mercado, ni asistir a consulta alguna de ningún Centro de Salud, a no ser que sea de Salud Mental, pero juro que no iré voluntariamente sino con camisa de fuerza, que es como tendrían que estar todos los que nos decían que no había crisis, que con los superávit que teníamos sobraban para vivir como potentados, más o menos como cualquier pensionista con ¡quinientos euros mensuales!, ¿cabe mayor capacidad de optimismo? Pero, claro, si tenemos en cuenta de que lo que nos pasa es que estamos mal acostumbrados y queremos comer boquerones como si celebráramos la botadura de un barco, qué quiere que le diga.
La solución es bien fácil. Cuando ya no pueda apretarse más el cinturón, cómprese unos tirantes, porque eso de ir enseñando el culo con los pantalones bajados hasta las rodillas sólo debemos hacerlo cuando vayamos a votar. Recuérdelo y no se queje antes de tiempo.
|