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Historias Populares: Intramuros y Arrabales (XXXIII)

Prudente Arjona
prudenteal @telefonica.net

Antes de dejar las calles Pasadilla y Almenas, tenemos que detenernos en la actual Plaza de Abastos, que fue construida en 1.929 siendo Alcalde de la Villa D. Zoilo Ruiz-Mateos Camacho, ya que en dicho lugar se ubicaba la antigua ermita de la Veracruz, donde recibían culto el Cristo Crucificado y Nuestro Padre Jesús Nazareno, recientemente nombrado Señor de Rota. Esta ermita había sido en la primera mitad del siglo XVI de la hermandad de la Veracruz, y posteriormente cedida por la misma a la congregación de los PP. Mercedarios, quedando mas tarde incluida dentro del patrimonio que supuso la compleja edificación del Convento de la Merced.
Dicho convento, fundado con la anuencia del duque de Arcos, dueño señorial de esta villa, y del que sólo nos queda hoy a Torre de la Merced, se extendía por los terrenos correspondientes a la actual plaza del mismo nombre, la desaparecida casa del convento, que hacía esquina con la calle Álvaro Méndez, y otras varias fincas cedida generosamente a la Orden por el capitán Álvaro Méndez Pinto de Fonseca, importantísimo protector de los religiosos o adquiridas por los frailes pocos años después de la fundación del mismo.
Iniciada la fundación en 1604, su construcción duró más de veinte años, permaneciendo operativo durante otros doscientos hasta la desamortización de Mendizábal.
Sin entrar en estos momentos en el destino que corrieron los bienes patrimoniales del dicho convento, diremos solamente que su solar conoció diversos usos, siendo utilizado luego como bodegas, como las de don Eleuterio Ruiz-Mateos Rodicio, o posada y mesón (1.887) así como primer reñidero de la Villa para la celebración de peleas de gallos, propiedad de don Isidoro Ruiz-Mateos Rodicio.
Mucho más tarde se instaló en el mismo la Fabrica de Gaseosas y Aguas de Seltz, de don José Buada, que tenía su entrada por la calle Veracruz. Asimismo, y entre 1.915 y 1.920 se instaló el Casino Roteño, y por las mismas fechas un señor apellidado Saavedra abrió el primer cine público, al que se accedía a través de la torre de la Merced. Curiosamente don Ricardo Almisas Chirado, conocido por “Cachicho”, que tenía por aquellos años en el mismo lugar un negocio para la venta de carbón al por mayor, reutilizó dicha finca para instalar en ella el teatro Pérez Galdós, cuyo recinto, adquirido en los años sesenta por D. José Resinas, fue remodelado para convertirse en el Cine Victoria, que terminaría sus días convertido en parte en la actual plaza de la Merced tras ser adquirido por el Ayuntamiento en el año 2000.
Volviendo al cine, hemos de puntualizar aquí que familiares del Sr. Almisas tocaban un viejo piano como ambientación mientras se proyectaba aquellas antiguas películas mudas o los primeros dibujos animados, a los que se les llamaba popularmente “muñequitos de tinta”.
De la historia del Convento podríamos contar mil y una anécdotas acontecidas a lo largo de los doscientos años de su existencia, cuya labor dejaremos, no obstante, a los historiadores locales, por lo que sólo añadiremos que cubría un servicio religioso y social del que la Villa carecía en aquella época, como el de: “la necesidad espiritual en cuanto a la carencia de predicación, la falta de asistencia a los moribundos y la falta de celebración de misas por las mañanas para las personas pobres que tenían que marchar al campo sin oírla". De todo ello da cuenta don Antonio García de Quirós Milán en sus libros: “Semblanzas Roteñas” e “Historia de la Ermita y Cofradía de la Vera Cruz”.
Otro de los cometidos de los PP Mercedarios fue la enseñanza, la cual en aquellas fechas era muy deficitaria, cumpliéndose, paralelamente, una de las pretensiones de la Orden, como era la de captar nueva savia entre los jóvenes de la Villa, lo que propició, que muchos niños encontraran su futuro haciéndose frailes, pues no en vano el Clero estaba muy bien reconocido en la época, y ante la necesidad latente que se vivía en aquellos tiempos, suponía para las familias con hijos curas, una manera de asegurarse el futuro, adquiriendo una cultura que de otra manera les seria imposible de ofrecer a sus hijos, al tiempo que el interfecto se aseguraba un plato caliente de comida, además de un reconocido prestigio en la sociedad del momento, en que la mayoría de las personas no sabía leer ni escribir, y cuya reputación les permitía tener acceso a las diferentes jerarquías sociales, tanto eclesiásticas como políticas, e incluso hasta la Realeza, si llegaba el caso.
Me atrevería a opinar del gran cambio que sufrió el pueblo de Rota desde que los Padres Mercedarios se instalaron en la Villa, pues, a parte de cubrir todas esas lagunas de las que anteriormente hemos mencionado, los roteños encontraron en el convento un importante apoyo espiritual. Prueba de ello son los innumerables Libros de Animas y Protocolo de dicha institución religiosa, donde aparecen los nombres de muchísimos parroquianos que pedían a la congregación la celebración de Misas y Oficios religiosos por el eterno descanso de sus almas una vez fallecidos, así como de las viudas y viudos por el alma de sus difuntos consortes.
Claro queda que estas Misas, unas cantadas y otras no, se formalizaban a través de contratos firmados por los Escribanos correspondientes, previo compromiso de pago de rentas anuales por tiempo indefinido en la mayoría de los casos, situadas sobre los bienes patrimoniales de los interfectos, o bien donando directamente propiedades, como muestra el siguiente extracto de una de las escrituras recogidas en el libro Protocolo del Convento, datada en el año de 1.710 y que a continuación trascribimos: “Francisca Romero, viuda de Pedro Márquez, hizo donación al convento de Mercedarios de esta villa de dos aranzadas de tierra en el pago del Guijo, linde por una parte con el arrollo de Helices, y por la otra con tierras que el dicho convento tenía en el citado pago, con el cargo de cien misas rezadas por su intención que se dijesen por una vez, como más largamente constaba de la escritura de donación que se otorgó el 7 de noviembre ante Diego Antonio de Castro, escribano público y del cabildo de esta villa”. (Continuará).