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Herencia del hambre
Consuelo Sánchez Vicente
Todos sabemos los estragos que causa entre los
jóvenes la moda
de la delgadez extrema. Anorexia y bulimia ya no son dos palabras que
nos suenan a cosas que les pasan a otros y de las que nosotros estamos
a salvo. Los ejemplos, antes raros, de jóvenes que se mataban
literalmente de hambre por tener un tipo a la moda y que sus familias
y sus amigos escondían como si en vez de ser víctimas
de una enfermedad fueran una vergüenza, empiezan a abundar en
nuestro propio entorno. Al igual que ocurrió con el consumo
de drogas, la campaña de sensibilización que están
llevando a cabo desde hace años prácticamente todos los
medios de comunicación sobre la cosecha de muerte que la anorexia
y la bulimia se cobran en nuestro país ha terminado por convencernos
de la necesidad de atajar esta auténtica plaga. Medidas que
en tiempos parecían exóticas e incluso extravagantes,
hoy se ven con toda naturalidad. Pero, aunque el exceso de peso es
igual de dañino para la salud, tendemos a verlo con mayor condescendencia,
a veces incluso con simpatía.
No me refiero, naturalmente, a casos extremos como el de ese niño
asturiano cuya custodia acaban de quitarle los servicios sociales del
Principado a sus abuelos; por más que a éstos les parezca
que el niño estaba “gordito pero sano como un coral”,
es de sentido común que un niño de 10 años que
pesa 100 kilos es una bomba de tiempo. Que la madre del pequeño
muriera de anorexia puede explicar que los abuelos crean que engordarle
como a un pavo de Navidad es sinónimo de salud y la mejor forma
de que no corra la triste suerte de su madre, pero no justificarlo.
Por mucho que quieran estos abuelos a ese niño, yo creo que
es más que evidente que las autoridades asturianas no podían
dejar correr algo así sin faltar a la obligación de proteger
a ese niño.
Sobre todo con los niños y las niñas más pequeños,
sin embargo, en nuestro país, como sociedad, tendemos a darle
menos importancia a los kilos de más que a los kilos de menos;
a esto es a lo que me refiero. La explicación que personalmente
me parece más plausible es que esto es un tic de los años
del hambre de la guerra y de la postguerra, que los hijos de aquellos
españoles hambrientos aún llevamos grabado en los genes
que niño gordo es igual a niño sano. Fue verdad, pero
ya no lo es. La salud de las jóvenes generaciones de españoles
depende de que los más mayores actuemos –ahora que aun
podemos– en consecuencia.
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