| Las ánimas benditas del purgatorio
Por Erythia Bella
De pequeñita, algunos días me acostaba con mi abuela paterna. Ella rezaba todas las noches antes de dormirse. Fue ella quien me enseñó a rezar. Se llamaba "siña" Juana Pepa. Era bajita y gordita y llevaba su pelo canoso recogido en una larga cola que iba perdiendo consistencia conforme llegaba a la punta y que ella recogía con un cordelito negro. Yo le pregunté un día por qué no utilizaba un elástico, pero ella era de esas personas de costumbres fija. Recuerdo perfectamente su imagen, su frente arrugada y sus ojitos pequeñitos hundidos. Cuando me reñía varias veces, sudaba como qué. Yo debí ser una buena pieza porque ella llegó a llamarme: "Ponte bien y estate quieta". Me contaba muchos cuentos sentadita en su silla de nea. Llevaba sobre su pecho un escapulario de la Virgen del Carmen porque tenía siete hijos marineros y, cuando ellos se iban a la mar, yo me quedaba con ella para que no durmiera solita. Primero me acostaba y luego ella empezaba a quitarse las ropas para hacer lo mismo. Nunca comprendí por qué usaba tantas prendas: la faldiquera con sus cordoncillos cogidos a la cintura y una abertura en vertical donde ella guardaba, lo mismo las monedas grandes de diez reales, que las perras chicas y las perras gordas; enaguas marrones y largas; luego un hábito de color morado; y encima de todo esto su blusa y su falda negra, porque mi abuelita llevaba luto. Mientras la observaba, me iba quedando dormida, hasta que ella me llamaba la atención: -"¡Niña, quítate la ropa que te vas a quedar dormida aparejá como los burros! Y antes de acostarte, ve al corral. Después del fresquito paseo hasta el corral, ya en la cama, mi abuelita rezaba a todos sus santos y pedía por cada uno de sus hijos y familiares y, al final, cuando yo ya ni podía tener los ojos abiertos porque los párpados me pesaban como si fuesen dos ladrillos, me quedaba frita sin preguntarle a mi abuela quiénes eran las ánimas benditas. Claro que, por el empeño que mi abuelita ponía con ellas, yo pensaba que debía de ser una virgen muy importante, tan importante como la Bella o la del Carmen. Lo raro era, que mi abuela no tuviera ninguna estampita de ellas...
Pasados algunos años, un día me pidió que la llevara a la iglesia para echar una limosna a estos santos extraños, unos santos que, si tú se lo pedía, ellos te despertaban a la hora exacta de la madrugada para que no llegaras tarde al trabajo, y mucha gente los invocaban antes de dormir porque antes no había despertadores. Y cuál no sería mi sorpresa cuando vi el cuadro que casi me muero del susto. Era un cuadro grandísimo, que aún está todavía, donde se veía a la Virgen y debajo una gran candela donde se estaban quemando un montón de gente. Yo estaba perpleja viendo con la devoción que mi abuelita le rezaba a este cuadro y luego le echaba su limosna. Me contó que las ánimas benditas son las que están purgando sus pecados en el Purgatorio y era necesario rezar mucho por ellas para que pudiesen ser salvadas. Así que como todos tenemos algún familiar difunto, ¿que tal si ponemos manos a la obra?. |