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Que nunca se apague la llama
Luis Román
Cada cuatro años, el deporte ofrece al mundo una opción liberadora y de fraternidad con los Juegos Olímpicos. La mítica llama del Olimpo, en su recorrido mundial, convoca a la paz de los pueblos, reunidos y fusionados en la ciudad escogida por el COI para la celebración de este importante evento.
Por encima de registros asombrosos, marcas espectaculares, medallas de tal o cual metal, lo que prima en una manifestación como ésta es la simple convocatoria, es decir, la mera contribución al ideal de una patria universal común para todos los seres humanos, simbolizada en la bandera blanca con los cinco aros continentales. El derroche de pundonor y entrega, pero en un ambiente agradable, donde el concurso no contravenga el espíritu y la esencia de la invitación olímpica, que es participar, como decía Pierre de Coubertin, entusiasman a todos por igual con independencia del lugar de origen del atleta que actúe bajo esas coordenadas de limpieza y respeto, lo mismo que una acción antideportiva, grave afrenta a la idiosincrasia de esta prueba histórica, recibe las críticas más acerbas de medios y aficionados en general.
La sensación que se tiene, como bien escribió anteayer domingo un compañero en su espacio de opinión, es que hay deportes que, por desgracia, sólo se siguen cada cuatro años, no mereciendo unas tristes líneas ni en la prensa especializada. Es algo muy penoso, pero la tendencia no tiene visos de cambiar por ahora. Por otra parte, las 18 medallas para España no es un mal registro, pero habría que pensar en batir la marca de 22 cosechada en Barcelona. Aquella cita queda muy lejos. Han transcurrido dieciséis años y el deporte español tiene que certificar el progreso notable experimentado en los últimos tiempos. La gran decepción, el atletismo: cero preseas; los grandes éxitos, el piragüismo, el ciclismo, el baloncesto. Pero, por encima de resultados tangibles medidos en forma de medallas, ha prevalecido la buena convivencia y la solidaridad de los Juegos Olímpicos. Que nunca se apague la llama.
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