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Cózar: cincuenta años creando
Antonio Checa Lechuga
colaborador
Mi amigo Miguel Viribay hablando del genial Carmelo Palomino lo define como “instinto y memoria”. También Win Wenders en boca de Juan Manuel Molina Damián --el coleccionista de las palabras-- nos dice que: “ Las historias son imposibles, pero sin ellas no nos sería en absoluto posible vivir” y, Cózar, inexplicablemente, acarrea con él cincuenta años de abstractas representaciones de aquello que lo motiva para la creación pictórica con la que en su exposición en Sementales de Baeza nos lleva de la mano a esas “historias” donde el hombre, en este caso el pintor, en su absoluta presencia, nos introduce dentro del “instinto y la memoria” con la que juega en su creación un pintor de mezclas y sensuales imágenes recreadas, donde aparecen las configuraciones que en su retina vieron esa composición hoy expuesta para el deleite sensual del arte.
Es curioso que, el continente y contenido de una sala de exposiciones defina socialmente la vida de quienes se reúnen al lado del maestro del paisaje donde el colorista y mezclador de tonos nos da más que pintura poesía, más que poesía, mirada y en ella la rotunda plenitud de de un conocimiento estilístico llenado por los cuadros expuestos a todas las miradas de quienes van a ver parte de su historia, parte del instinto y la memoria de un artista comprometido solamente con sus colores e imágenes en los que vivifica una inigualable maestría.
Siento muy de veras que la exposición de Cózar fuese de una inauguración localista, donde: cincuenta años de su vida artística, daban a la “sala”, al menos, la vida colorística de quien dejó por los puntos geográficos de su andadura el nombre de Baeza como su tierra natal, pero, el eco profundo de las lamentaciones literarias son convicciones personales de un posible admirador suyo que, aparte de profano ve la pintura con la mirada estética del trabajo diario y la ilusión personal de la superación en el hombre que es tanto como decir sentirse el dios de sus criaturas.
Si el poeta es ese dios que solamente necesita la palabra para crear la imagen del poema, el pintor, necesita la imagen para desarrollar su óptico poemario, ya que sin darle poesía al cuadro éste se quedaría sin vida y sin expresión, cosa muy común en quienes se sienten Dioses en las creaciones que desprende este párrafo acrílico conjugando el arte, o las artes expresivas, donde los hombres sienten la necesidad de dejarse vivir fuera de las necesidades físicas, como por ejemplo: donde el juego entra irradiando sensaciones proporcionales al objetivo pictórico cuando ve uno un Aznaitín de sombras y luces con sus depresiones lejanas, desde una muralla en el tiempo y el espacio de un pueblo como Baeza.
Penetrar en la mente humana es como desvalijar un cuadro de Cózar. Cózar crea desde el mundo innato de sus trazos, nunca desde un estructuralismo académico en el que más que el color se defina el trazo angular de lo enseñado, sin embargo, en sus motivos, en ese lamento que en alguna obra aparece como rajando el óleo, nos llega la inexplicable presencia de un color sin sentido pero exacto, de un rasgo innecesario pero tan obligado, porque de él depende la anunciación de la obra, no la pintura que arrastra otra presencia copista para la aplicable presencia del objeto.
Si en Baeza tuviésemos la noción del costo que un artista conlleva con su vida, si desde el umbral de lo establecido viésemos al pintor con su caballete y su lienzo, sus espátulas y pinceles, su agua para beber las acuarelas y el dolor de borrar de vez en cuando lo intuido, al menos, el agradecimiento a su trabajo, conllevaría a ese Cincuentenario algún acto unido donde se vivificase la trayectoria de un hijo del pueblo, de este pueblo que se llama culto, que se llama a sí mismo en la deliberaciones de su “cultura” Patrimonio de la Humanidad y que se vende, no en los museos donde está recogida la obra de Cózar ni en las Salas de Nueva York donde se han expuesto.
Hoy, que vivimos en una sociedad que asusta, que tiene de todo, que compite con la infraestructura social de toda España, Cózar nos ofrece su espíritu creativo, su aprendizaje de la vida. No ha expuesto nada de aquel pueblo que le mandó irse a otras tierras, ha expuesto el presente, la delicada presencia de lo más hermoso de sus dos ciudades, Baeza y Valencia, y el camino andado, el recorrido dentro de ese medio siglo del que hoy presume de conocer mediante esa espátula rabiosa y el pincel caritativo, y sus cuadros, y su familia, y sus amigos, y como no, esos posibles compradores de los que sustenta su cuerpo, no su espíritu creativo.
¿ A qué movimiento pertenece José Cózar Viedma? Creo que ya nos lo decía al principio mi amigo Miguel Viribay: al del “Instinto y la Memoria” , A esa vereda de la historia que se convierte en camino del arte, en la autopista de las motivaciones y en la encrucijada de los misterios, pero sobre todo: a lo oferta de su “yo” personal, al presente de indicativo del verbo ser de una vida cuajada de colores vencidos, de cuadros consumados, de nostalgias sonoras. También la pintura es música, también tiene sonido cunado canta la belleza y se viste de olor al ocre o al violeta, pero sobre todo, cuando define en su apreciación la historia de los hombres. Pobres de aquellos que n o tienen Historia, y si la tienen es mala.
Ignoro el por qué me gusta tanto un pasodoble titulado Churumbelería, ¿quizá porque es distinto? ¿Quizá porque tiene algo que trasmite dentro del sentimiento musical? No, simplemente porque trasmite, trasmite sensaciones, trasmite arte, y música y vida, pero sobre todo, porque pertenece a nuestra cultura y de ella mamamos algo inmaterial llamado arte.
No se olvide el pintor que mientras “el leguaje hablado requiere en principio la presencia del otro, el leguaje escrito es, por el contrario un quehacer de la soledad”, según mi maestro don Emilio LLedó, y que la soledad vivida de su obra, consiste solamente, en los pilares emocionales donde tiene su sede un órgano vital llamado corazón.
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