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Jaula de jilgueros
por
Ana Isabel Espinosa
Me da coraje que los tiempos corran, que la vida de vueltas y todo
se vuelva a asentar, como el polvo suspendido, en una mesa de cristal.
Siempre he creído que las posturas extremas, las ideas más
abrasivas y estúpidas, eran nacidas de mentes caducas y
cuerpos viejos, envilecidos de gastar la nada y la desesperación,
aburridos de todo y de todos, asqueados de la misma rutina que
les toca vivir.
Porque me parece imposible que gente joven, que cuerpos nuevos,
no vean más allá que lo que marcan sus narices, y
que sus destinos, estén tan limitados por la pequeñez
de sus mentes, cuando aún no han acabado de crecer.
Deseaba que la intolerancia y la desfachatez mental pasaran de
moda, que nunca se escuchara algo que he tenido que oír,
solo por pedir libertad, no ya para mi, sino para otra, igual a
mi, que solo con sonrisas y belleza, quería convencer a
los malos modos.
He tenido que ver, porque estaba ciega, que la gente joven sigue
pidiendo libertad para ellos, pero negándosela a quienes
le son afines; que el hombre cree que captura como una presa a
la mujer, solo por llevarla a su lado y hacerla suya, y que ésta
se deja atrapar en una vida a medias, en la que pide lo que le
fue concedido, por el solo hecho de nacer y ser persona.
El color de los ojos se traspasa en la vida como la intolerancia,
el machismo, o el maltrato, porque de todo ello hay mucho, y muy
hábilmente disfrazado.
Siempre he dicho que era función de las madres, de las mujeres,
de las educadoras, el no permitir una nueva generación de
animales de dos patas restringiendo, limitando o asfixiando a quienes
al lado de ellos se ven obligados a vivir.
Ahora estoy más convencida que nunca, porque si una madre
permite que su hija se críe en un hogar donde a ella no
se la respete o trate como se merece, el día de mañana
solo su imagen reflejada en los ojos llorosos de su hija, será lo
que recibirá a cambio.
Manu tiene veinte años y quiere volar, quiere tener veinte
años por siempre y borrarse de la cabeza que se casó y
que tiene una niña, quiere volver a disfrutar lo que perdió,
aunque sea por unas horas, porque la vida es dura, qué duda
cabe, pero también lo quiere Luisa, la hermosa Luisa con
su largo pelo negro, rozándole la baja espalda, con su sonrisa
infinita y su cuerpo escultural.
Y le pide, casi le ruega, entre risitas de hada, los mismos derechos
que se otorga tan fácilmente él, pero los celos que
se pierden en sus pestañas, la forma en que la mira cuando
ella no le ve, lo ponen en guardia, emergiendo rápidamente
su alma carcelera, dejándome ver a los hombres del dieciséis,
a los inquisidores, a los que nos limitaron desde siempre, viéndonos
como peligrosas y dañinas, aún sin saber muy bien
porqué.
En una jaula de jilgueros quiere encerrarnos Manu a todas las mujeres,
ese dice que es nuestro sitio ideal, pues ahí plegadas y
sin voz no podríamos hacerle ningún daño,
pero Manu no sabe que solo su miedo, su cortedad, su vana educación
y su cobardía son lo que lo encierran a él, no en
una jaula de jilgueros, sino en una falsa vida que no lo dejará gozar
de aquella otra real y gratificante, que llevaría si dejara
de ver a Luisa como mujer y la empezara a ver como persona, como
amiga, como compañera y como madre de su hija...De una hija
que un día encontrará un Manu, guapetón y
chulesco, alguien que le recordará a su padre, alguien que
la limitará y nunca la verá más que como mujer,
de la que apropiarse y a la que relegar, a la que limitar y cortar
las alas, para encerrarla y perder la llave, de una jaula de jilgueros,
que hoy mismo ha empezado a crear, con los barrotes que pone frente
a los pies de su madre, con sus ideas absurdas, con sus celos,
con su egoísmo y su mente pequeña y sin estrenar.
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