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Calentamiento global
Francisco Carrillo
escritor
pacocarrillo@ono.com
Pues, mirusté, empiezo a estar preocupado.
Cada vez que se dice algo sobre el cambio climático permanezco
atento por si habrá que olvidarse de las camisetas enguatadas
y vamos a tener que ir en bermudas con el paipai en la mano; no sé a
quién puede sentarle bien una guayabera y unas chanclas. Seguro
que se habrá enterado de lo de París, que nos han acongojado
tanto que ya no sabe uno quién tiene razón, si los expertos
de la ONU –¿pero este organismo sirve para algo?– o
los que están dispuestos a pagar para borrar del capítulo
de las preocupaciones la cosa esa de los deshielos árticos y
antárticos. Siempre que se anuncian catástrofes a largo
plazo es obligatorio averiguar qué hay detrás, por si
pasa como con los agujeros de ozono, que dicen que se lo han inventado
los fabricantes de cosméticos y algunos dermatólogos,
que esa es otra. La cosa es mantener al personal en vilo. Cuando no
es una cosa será otra. Cuando el otro día me refería
a la racha que llevamos de prohibiciones, se me olvidó nombrar
los productos bronceadores, de esos que aseguran no salir de una playa
como un pinchito moruno, pero como no fue ese el único olvido,
sería interesante que empezaran a decirnos qué hacemos
mal para que haya ahora tantas caries, tantas lumbalgias, tantas artrosis,
tantos lunares malignos. A lo mejor también anda por medio la
política, que permite herbicidas peligrosos para la salud –ya
ve lo que ha pasado en Holanda y en Alemania con los productos españoles,
que los han rechazado por la cantidad de plaguicidas prohibidos que
llevaban las judías verdes–; o sea, que estamos comiendo
veneno cuando nos hacemos una priñaca. ¡Sabe Dios! Desconfiar
ya hay que hacerlo por sistema, porque si ahora mismo, en febrero,
se comen pepinos como si fuera agosto, y los tomates ya no tienen sabor
y están tan duros como piedras, ¿quién dice que
no los coloran artificialmente y les echan qué sé yo,
para que duren un par de meses en cámaras. ¿Y los pollos? ¿Y
esa carne de ternera que se pone en la plancha, empieza a soltar agua
y termina como si se hubiera bañado en una piscina? ¡Y
la espuma que suelta! Se vivía más tranquilo cuando cada
cosa se comía en su temporada. Las rabanitas buenas eran por
este tiempo, y las coliflores, y las coles; los tomates y los pimientos
en verano; con la primavera los alcauciles, las habas y los chícharos, ¡ah!
Y las papas tempranas, que no había ni que pelarlas, sólo
rasparlas, a diferencia de las de otoño que eran las mejores
para freírlas. Claro, como ahora argumentan que las cerezas
pueden venir, en este tiempo, de Chile y las manzanas de Argentina… ;
pero tampoco nadie se atreve a asegurar que por ahí, como pasa
aquí, todo no se mantenga a base de polvos raros para madurarlo
a hinchonazos. Al paso que vamos, entre los veranos tórridos
que se avecinan y el veneno diario que nos suministran con lo que comemos,
el que llegue a los ochenta sin derretirse, o si un cáncer cualquiera
se apodere de él, será un milagro. Así que propongo
que lo mismo que se han creado fondos de pensiones, una parte se destine
obligatoriamente para sufragarse las esquelas mortuorias, que habrá que
pagarlas a plazos por el precio que tienen, así los diarios
podrán sustituirlas por los anuncios por palabras, que cuestan
bastante poco, y quién sabe si de las mentiras que cuentan;
con poner la fecha y las esquelas irán que se matan. Pero a
lo que iba, a lo del calentamiento global. A lo mejor no tiene nada
que ver el ceodós, sino el cabreo general del personal de a
pie. Cuando uno salta sobre otro, ¿no se dice como disculpa
que sufrió un calentón?, pues a ver si todo va a ser
eso, un cabreo generalizado. Aquí no sería de extrañar.
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