
|

Opinión
|
CRÓNICAS DESDE EL TAJO: POLICÍAS
Por Pedro Crespo
El
ciudadano de a pie adopta ante las fuerzas del orden actitudes
de lo más heterogéneo. Los hay recelosos y huidizos
que ven en ellos fuerzas de represión, tal vez porque
se saben susceptibles de estar cometiendo en todo momento alguna
infracción. Los hay soberbios y exigentes, como investidos
del título de Ciudadano Ejemplar, Primera Clase, que se
quejan hasta del tono del silbato del agente. Y los hay más
del montón que no ven en la policía sino a los
profesionales que están ahí para ayudar, cierto
que no siempre cuando se les necesita. Duro trabajo el de ceñirse
a la cintura pistola, esposas y tantos prejuicios simplificadores.
Trabajar de uniforme significa exponerse a la opinión
pública, cargando con los defectos y virtudes de todo
el colectivo.
Sería interesante valorar el grado de iniciativa propia
del que dispone el policía en su cotidiana actividad más
allá del planillo. ¿Al policía se le suelta
a patrullar en la zona asignada, allá se las componga,
o sale de la comisaría con una detallada planificación
de la jornada? La respuesta se hace evidencia con sólo
levantar un poco la vista por encima de nuestro propio salpicadero.
Más allá de nuestro semáforo hay un orden
general de la cuidad, los coches se acumulan aquí porque
vienen otros de por allá, que esperan en otro semáforo;
hoy faltan agentes en este barrio porque han sido requeridos
en ese otro por cualquier inesperada eventualidad. Los agentes
están en todo momento intercomunicados, funcionan como
un todo orgánico que asiste al conjunto del orden -o caos-
urbano, formando un diseminado equipo en inexplicable compenetración.
De modo que una multa resulta que no es una vendetta personal,
sino un pequeño retoque en la regulación del orden
general; al fin y al cabo, para que le pongan a uno una multa
es indispensable haber aparcado mal, estar donde se entorpece.
Probablemente sean más las que nos perdonan que las que
nos ponen. En cualquier caso, sin llegar a caer en una sumisa
condescendencia, lo más razonable sea ver la ciudad como
una estructura de derechos y obligaciones personales en función
del bien común. Y la policía no hace sino ponérnoslos
delante de las narices para que no nos demos de bruces con ellos.
|